Filosofía Aula Virtual es un sitio en donde se podrá acceder a materiales relacionados con los temas trabajados en la clase de filosofía. Pretende poner, al alcance de los estudiantes, textos, películas e imágenes que enriquezcan el abordaje didáctico de la asignatura.
martes, 18 de febrero de 2020
jueves, 26 de septiembre de 2019
Propuesta de escrito domiciliario
- Filosofía y Crítica de los saberes -
4to año
Película:
“Un milagro para Helen Keller” (1962).
La película nos acerca a la historia real
de Helen Keller, una niña que sufrió una enfermedad que la dejó sorda y ciega a
los 19 meses de vida. Durante sus primeros años, Helen resuelve su incapacidad
expresándose mediante conductas agresivas. Antes de cumplir sus siete años, los
padres de Helen deciden contratar a una institutriz. Anne Sullivan, quien
comienza a trabajar con la niña implementando diversas técnicas a fin de que
Helen pueda adquirir lenguaje y modales que le permitan comunicarse y
expresarse.
Helen Keller (1880-1968) llegó a ser
escritora, oradora y activista política.
Este caso permite aprender y reflexionar
sobre la adquisición del lenguaje (sus tipos y funciones) el desarrollo del
pensamiento y el contacto con la realidad, todo lo cual se enmarca en la
tercera unidad del curso “Pensamiento, lenguaje y realidad”.
Consigna
de trabajo:
1.
¿Cómo era el contacto que Helen tenía con la realidad antes de iniciar el tratamiento
pedagógico con la maestra Anne? Vincula tu respuesta con los tipos de realidad
que corresponda.
2.
¿Qué formas o tipos de lenguaje utilizaban inicialmente y cuáles pudo
incorporar a partir del proceso de enseñanza? ¿De qué manera estas adquisiciones
repercutieron en su vida?
3.
Los cambios referidos anteriormente tienen que ver con cambios a nivel de
emotividad valores y sentimientos tales como amor respeto obediencia. Explica a
partir de ejemplos.
4.
Explica qué es un símbolo y qué rol desempeñan los mismos en la adquisición del
lenguaje. Representa lo respondido con ejemplos de la película.
martes, 3 de septiembre de 2019
Objetividad y subjetividad en Ciencia
– Objetividad
y subjetividad
en Ciencia
–
El observador científico ¿Tiene
una mirada objetiva sobre aquellos hechos que estudia?
"(…) en este sentido radical y
universal, la toma de conciencia histórica no es el abandono de la tarea eterna
de la filosofía, sino la ruta que nos ha sido dada para acceder a la verdad
siempre buscada". [1]
En el presente repartido temático se
pretende abordar, desde una postura crítico reflexiva, una de las variadas
aristas que se hallan comprendidas dentro de la vasta problemática referente a
la objetividad de la ciencia. Para ello, es de destacar, serán analizadas
algunas de las reflexiones expuestas por el Doctor en Física y Licenciado en
Filosofía de origen belga, Gérard Fourez, quien en el Capítulo II de su obra “La construcción del conocimiento
científico: filosofía y ética de la ciencia” esboza su concepción crítica
con respecto a la supuesta mirada objetiva del observador científico, a partir
de lo cual lleva a cabo una desmitificación de la idea de ciencia; idea que ha
sido cuestionada desde la gestación de dicha concepción crítica en la década
del ’80 con Pierre Thuillier en su obra “De
Arquímedes a Einstein. Las caras ocultas de la invención científica” y
continuada por Fourez. Precisamente, a instancias de lo señalado con
anterioridad, es que resulta posible establecer una relación conceptual entre
ciertos postulados propios de Thuillier y aquellos presentados por Fourez en la
obra aludida.
Como hemos visto en clase, la objetividad
absoluta es un ideal que ha sabido obrar en tanto justificación del
conocimiento científico, y particularmente, de quienes se encargan de llevar a
cabo el “descubrimiento” del mismo, a
saber: los científicos. Ahora bien, en dicha consideración epistemológica se
deja a un lado la labor de uno de los actores principales – por no decir el
principal – en lo que al conocimiento científico respecta, a saber: el sujeto,
sin el cual no sólo no existe conocimiento científico, sino que tampoco tendría
sentido hablar en términos de objetividad, ya que la misma terminología de la
palabra hace referencia a la existencia del sujeto, el cual posibilita el
establecimiento mismo de la dicotomía sujeto-objeto, tan característica del
modelo neopositivista. Es precisamente por ello que, a continuación, nos
dispondremos a reflexionar acerca de aquel mito que pretende borrar la
influencia del sujeto cognoscente en lo que respecta a la observación
científica.
Comencemos con algo que plantea Fourez:
una tesis (entiéndase una hipótesis e inclusive una teoría) nunca constituye
una mirada absoluta y acabada del sector de la realidad al cual refiere, sino
que por el contrario, la tesis representa un determinado modo de ver la
realidad, frente al cual surgirá una antítesis o negación, lo que a su vez dará
lugar a una síntesis entre ambas, que será entendida como un nuevo modo de ver.
La correcta interpretación de este aspecto tan significativo para la ciencia,
nos posiciona en un lugar privilegiado en lo que a la cuestión de la
objetividad se refiere, debido a que a partir del mismo nos es posible asistir
al descubrimiento de la tensión existente entre el sujeto cognoscente y la realidad
en la cual éste estructura sus vivencias.
Pero, ¿por qué resulta tan relevante
explicitar algo que se nos puede llegar a presentar como una obviedad?
Precisamente, porque desde la concepción clásica de la ciencia no se atiende a
entender a la tesis como una visión inacabada, sino que por el contrario, las
denominadas verdades científicas aparecen como garantizadas por leyes
necesarias, universales y eternas, es decir, leyes que se conciben como
posibilitadoras del hallazgo de verdades con carácter absoluto, y por ende,
capaces de brindar una explicación objetiva de lo que es. Sin embargo, y tal vez con una tonalidad un tanto
irónica, es posible preguntarnos si realmente resulta objetivo concebir que la observación de la cual se sirven las
ciencias es una observación fiel de la realidad, es decir una observación que,
como señala Fourez, se presenta como una visión pasiva o estudio receptivo de
lo real. A este respecto, cabe explicitar por qué señalo que tal interrogante
puede sonar irónica, y es precisamente porque concibo que en defensa de una
objetividad ilusoria se aniquila la posibilidad de observar los hechos de una
forma verdaderamente objetiva, a saber: entendiendo que quien observa se halla
inserto en un universo cultural determinado, el cual condiciona su observación
de la realidad, y por ello la misma, más que como un modo de ver neutral,
debería ser entendida como selección, estructuración y construcción, esto es,
como interpretación.
Lo expresado guarda su razón de ser en el
hecho que de, desde el momento en que el observador escoge un determinado
sector de la realidad – entiéndase objeto de estudio – sobre el cual iniciar la
investigación científica, se encuentra poniendo en juego su propia
subjetividad. Pero esa subjetividad no aparece en escena sólo en lo que refiere
a la elección de un campo de estudio, sino en todo lo referente a ello, por
ejemplo, en la adopción de una determinada corriente o modelo epistemológico,
dentro del cual se elegirán determinados métodos, ya sea para estudiar, justificar
o incrementar los conocimientos, porque como señala Klimovsky “(…) entre los métodos que utiliza el
científico se pueden señalar métodos definitorios, métodos clasificatorios,
métodos estadísticos, métodos hipotético deductivos (…)”. [2]
Sucede que, al reconocer no varios y opcionales métodos, sino “el método científico”, se elimina la
multiplicidad y por ende las opciones subjetivas en la elección de los mismos,
algo que inmediatamente nos remonta al recuerdo de lo que, desde la época
moderna, anhelaba Descartes para el método de la filosofía, a saber: un método
universal y sencillo, constituido por reglas fijas dirigidas a descubrir la
verdad de lo que existe. [3]
Ello guarda estrecha relación con la
crítica de Thuillier, quien muestra que desde la concepción clásica se entiende
que la verdad está en la naturaleza, y corresponde al científico descubrirla,
no interpretarla, para lo cual éste debe callar su subjetividad. [4]
Pues bien, retomando el tema de la
observación entendida como mirada pasiva y receptiva, es preciso señalar que
desde dicha perspectiva se vislumbra la consideración de que, en la relación
sujeto-objeto, es el objeto quien representa el elemento activo, mientras que
al sujeto le corresponde el registro fiel de la realidad, y por lo tanto pasivo,
lo cual se justifica atendiendo a la objetividad de la observación realizada,
en la que a consecuencia de lo dicho no se reconoce una actividad
interpretativa. Contrariamente a ello, nuestro autor entiende que la
observación es una actividad interpretativa debido a que cuando observamos lo
primero que hacemos es describir, y para ello, indefectiblemente nos servimos
de ciertas nociones teóricas previamente adquiridas, y a las cuales se sumarán
los nuevos modelos teóricos que nos brindamos cada vez que nos disponemos a
observar, esto es, a interpretar. He aquí la concepción hermenéutica de la
observación, la cual nos permite ver que cada una de las definiciones
científicas que han tenido lugar a lo largo de la historia de la ciencia,
constituyen una relectura del mundo, las cuales se elaboran desde una
perspectiva epistemológica determinada. Es por ello que, como también indica
Thuillier, el científico no parte de un vacío
teórico.
En este sentido, Fourez nos muestra la
importancia de considerar que: “Una
observación sería por lo tanto, una forma de mirar el mundo, integrándolo en la
visión teórica antigua y aceptada”. [5] Según lo expuesto, a la ciencia le es
inherente una actividad de reflexión teórica, y no únicamente de registro de
datos fieles a lo real, lo cual debería conducir al científico a tomar
conciencia de que las proposiciones empíricas no se oponen a las teóricas, sino
que éstas son teóricas en sí mismas.
Es por todo lo expresado que, desde los
perfiles críticos, los hechos estudiados por la ciencia son concebidos no como
algo dado, sino como una construcción del sujeto cognoscente, o mejor dicho,
del intérprete de los mismos. Ahora bien, si admitimos lo dicho y pretendemos
ser consecuentes con las ideas aquí esbozadas, debemos conceder además que, las
mismas teorías científicas deben ser entendidas en tanto construcciones
culturales, sociales e históricas, y por lo tanto, las tan prestigiosas
verdades de la ciencia resultan ser no absolutas, sino históricas. No obstante,
ello no elimina la posibilidad de hablar de objetividad en ciencia, lo que sí
excluye es el gran equívoco de entender que la objetividad es aquella que se
halla a salvaguarda del sujeto y de la subjetividad que le es propia, porque
como destaca Fourez, la objetividad nunca es absoluta, sino relativa a una
cultura. En ello radica el elemento de fidelidad que nos es posible atribuir al
conocimiento científico, a saber: la obtención de conocimientos que son
adquiridos según convenciones establecidas por una comunidad cultural concreta.
Ahora bien, la concepción clásica lejos de
ser una simple concepción ingenua respecto de la ciencia, implica el
enmascaramiento de aquellos intereses que desempañan un rol de fundamental
importancia en lo que al curso de una investigación refiere. Con ello me
encuentro haciendo referencia al hecho de que el científico es un ser humano
que se halla inserto en una determinada sociedad, en una determinada
configuración lingüística, que adhiere a una determinada ideología, y que
además no se halla exento de ciertos intereses sociales, políticos, económicos
e incluso personales. Es así que, en las propias palabras del autor,
encontramos expresado lo dicho: “(…)
nuestro entorno nos condiciona, influye de modo manifiesto en nuestro modo de
mirar”. [6] Lo señalado
nos conduce a concluir que los saberes de los cuales somos partícipes se
construyen socialmente, por lo cual la ciencia debería ser entendida como una
construcción social e histórica, concepción que alberga la denominada
orientación socioconstructivista en la cual se inscribe el pensamiento de
Fourez.
Sin embargo, la reflexión precedente no
debe conducirnos a la errónea ilusión acerca de que el científico crea
realidades, por el contrario, lo que aquí se pretende afirmar es que los hechos observados son una construcción
del intérprete, no lo real.
Para finalizar, me interesa hacer
referencia al epígrafe que encabeza el presente repartido, el cual pertenece al
filósofo hermeneuta Hans-Georg Gadamer, ya que resulta preciso resaltar la
significación inmersa la citada frase. Pues bien, extrapolando al ámbito de la
ciencia la consideración manifiesta en dicho epígrafe, me interesa señalar la
relevancia que el mismo guarda en relación a lo reflexionado acerca del
carácter histórico de las verdades, y por lo tanto, a la ilusoria aspiración a
alcanzar verdades absolutas.
En efecto, lo que Gadamer pretende
expresar en dicha expresión, es la posibilidad
de acceder a la verdad, lo cual es posible lograr si como condición previa
nos aceptamos como sujetos históricos, inmersos en una existencia histórica que
nos condiciona pero que también nos permite ser originales en la significación
que cada uno de nosotros otorga a la vida, al mundo, y en definitiva a los
hechos históricos que constituimos y que a la vez nos constituyen, en una
retroalimentación constante. Por lo tanto, en este sentido, y sólo en éste, es
que nos es posible ser objetivos, reconociendo la praxis de nuestro ser como sujetos cognoscentes activos, compuesto
por ideas, sentimientos, creencias y prejuicios, y en definitiva, por una
subjetividad que nos es propia y de la cual no podemos desprendernos en ningún
momento de la vida.
[1] Gadamer, H. G.; “El
problema de la conciencia histórica”; Editorial Tecnos; Madrid, 1993.
[2] Klimovsky, G.; “Las desventuras del conocimiento
científico”; Editorial A-Z; Buenos Aires - Argentina, 1994.
[3] Ver:
Descartes, R.; “Discurso del método”;
Colección Austral, Espasa - Calpe; Madrid, 1975.
[4] Ver:
Thuillier, P.; “De Arquímedes a Einstein.
Las caras ocultas de la invención científica”; Alianza Editorial; Madrid -
España, 1990.
[5]
Fourez, G.; “La construcción del
conocimiento científico: filosofía y ética de la ciencia”; Ediciones Narcea
S.A.; España.
[6]
Fourez, G.; “La construcción del
conocimiento científico: filosofía y ética de la ciencia”; Ediciones Narcea
S.A.; España.
viernes, 30 de agosto de 2019
Mito de Prometeo
– El
mito de Prometeo –
(Platón, Protágoras,
320d-321d)
<<... Era
un tiempo en el que existían los dioses, pero no las especies mortales. Cuando
a éstas les llegó, marcado por el destino, el tiempo de la génesis, los dioses
las modelaron en las entrañas de la tierra, mezclando tierra, fuego y cuantas
materias se combinan con fuego y tierra. Cuando se disponían a sacarlas a la
luz, mandaron a Prometeo y Epimeteo que las revistiesen de facultades
distribuyéndolas convenientemente entre ellas. Epimeteo pidió a Prometeo que le
permitiese a él hacer la distribución "Una
vez que yo haya hecho la distribución, dijo, tú la supervisas". Con este permiso comienza a distribuir. Al
distribuir, a unos les proporcionaba fuerza, pero no rapidez, en tanto que
revestía de rapidez a otros más débiles. Dotaba de armas a unas, en tanto que
para aquellas, a las que daba una naturaleza inerme, ideaba otra facultad para
su salvación. A las que daba un cuerpo pequeño, les dotaba de alas para huir o
de escondrijos para guarnecerse, en tanto que a las que daba un cuerpo grande,
precisamente mediante él, las salvaba.
De este modo equitativo iba
distribuyendo las restantes facultades y las ideaba tomando la precaución de
que ninguna especie fuese aniquilada. Cuando les suministró los medios para
evitar las destrucciones mutuas, ideó defensas contra el rigor de las
estaciones enviadas por Zeus: las cubrió con pelo espeso y piel gruesa, aptos
para protegerse del frío invernal y del calor ardiente, y, además, para que
cuando fueran a acostarse, les sirviera de abrigo natural y adecuado a cada
cual. A algunas les puso en los pies cascos, y a otras, piel gruesa sin sangre.
Después de esto, suministró alimentos distintos a cada una: a una, hierbas de
la tierra; a otras, frutos de los árboles; y a otras raíces. Y hubo especies a
las que permitió alimentarse con la carne de otros animales. Concedió a
aquellas, descendencia, y a éstos, devorados por aquéllas, gran fecundidad;
procurando, así, salvar la especie.
Pero como Epimeteo no era del todo
sabio, gastó, sin darse cuenta, todas las facultades en los brutos. Pero
quedaba aún sin equipar la especie humana y no sabía qué hacer. Hallándose en
ese trance, llega Prometeo para supervisar la distribución. Ve a todos los animales
armoniosamente equipados y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin
abrigo e inerme. Y ya era inminente el día señalado por el destino en el que el
hombre debía salir de la tierra a la luz. Ante la imposibilidad de encontrar un
medio de salvación para el hombre. Prometeo roba a Hefesto y a Atenea la
sabiduría de las artes junto con el fuego (ya que sin el fuego era imposible
que aquella fuese adquirida por nadie o resultase útil) y se la ofrece, así,
como regalo al hombre. Con ella recibió el hombre la sabiduría para conservar
la vida, pero no recibió la sabiduría política, porque estaba en poder de Zeus
y a Prometeo no le estaba permitido acceder a la mansión de Zeus, en la
acrópolis, a cuya entrada había dos guardianes terribles. Pero entró furtivamente
al taller común de Atenea y Hefesto en el que practicaban juntos sus artes y,
robando el arte del fuego de Hefesto y las demás de Atenea, se las dio al
hombre. Y, debido a esto, el hombre adquiere los recursos necesarios para la
vida, pero sobre Prometeo, por culpa de Epimeteo, recayó luego, según se
cuenta, el castigo del robo.
El hombre, una vez que participó de
una porción divina, fue el único de los animales que, a causa de este
parentesco divino, primeramente reconoció a los dioses y comenzó a erigir
altares e imágenes a los dioses. Luego, adquirió
rápidamente el arte de articular sonidos vocales y nombres, e inventó
viviendas, vestidos, calzado, abrigos, alimentos de la tierra. Equipados de
este modo, los hombres vivían, al principio, dispersos y no en ciudades,
siendo, así, aniquilados por las fieras, al ser en todo más débiles que ellas.
El arte que profesaban constituía un medio, adecuado para alimentarse, pero
insuficiente para la guerra contra las fieras, porque no poseían el arte de la
política, del que el de la guerra es una parte. Buscaban la forma de reunirse y
salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí
por no poseer el arte de la política, de modo que al dispersarse de nuevo,
perecían.
Entonces Zeus, temiendo que nuestra
especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los
hombres el poder y la justicia, a fin de que rigiesen en las ciudades la
armonía y los lazos comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la
forma de repartir la justicia y el poder entre los hombres: "¿Las distribuyo como fueron distribuidas las
demás artes?" Pues éstas
fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina,
basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los
demás profesionales. "¿Reparto así la justicia y el poder entre los
hombres, o bien las distribuyo entre todos?” "Entre todos - respondió Zeus - y que todos
participen de ellas; porque si participan de ellas solo unos pocos, como ocurre
con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre
esta ley: Que todo aquel que sea incapaz de participar del poder y de la
justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad'' >>
jueves, 29 de agosto de 2019
martes, 28 de mayo de 2019
Cultura
Prof.
Antonella Mármol Vila.
Asignatura:
Filosofía.
Curso: 4to año.
- Cultura -
Definiciones:
1. “Un complejo que comprende
conocimientos, creencias, arte, moral, leyes, usos y otras capacidades y
usanzas adquiridas por el hombre en cuanto es miembro de una sociedad.” Edward
Tylor; “Primitive culture”; Londres,
1871; p. 1.
2. “Cultura es una palabra
proveniente del latín, que significa “cultivo” y en este sentido podría
entenderse como el acto de cultivar y mejorar las facultades físicas, morales e
intelectuales del hombre (…) la cultura es lo realizado por el hombre, ya sea
transformaciones materiales o creaciones sociales, científicas, artísticas, religiosas,
éticas, etcétera, que le ayudan directa o indirectamente a satisfacer sus
necesidades.” Cuauhtemoc Anda Gutiérrez; “Introducción
a las ciencias sociales”; México.
3. “El término cultura tal como lo
usan los sociólogos tiene un significado mucho más amplio que el común. En su
uso más generalizado se refiere a las cosas “superiores” de la vida (pintura, música,
poesía, escultura, filosofía), el adjetivo “culto” se halla muy próximo a cultivado
o refinado. Pero en su acepción sociológica, cultura se refiere a la
totalidad de lo que aprenden los individuos como miembros de una sociedad, es
un modo de vida, de acción y de sentimiento.” Ely Chinoy; “Introducción a la sociología”; 1986.
4. “Hay una falsa idea Popular de
que algunos miembros de la sociedad tienen cultura mientras que otros no. Desde
un punto de vista sociológico, todos los seres humanos adultos y normales
tienen cultura. Esta es la suma total de los rasgos de comportamiento y de las
creencias características, aprendidas por los miembros de una sociedad.” Cohen.
Los
cerca de 7000 millones de personas que habitan la Tierra son miembros de la
misma especie biológica: el homo sapiens. Aún así, las diferencias que hay
entre ellas en términos de cultura y costumbres son extraordinarias. A veces
nos pueden parecer divertidas, otras nos dejan completamente desorientados pero
en su conjunto son abrumadoras. Muchas diferencias son puramente una cuestión
de convenciones sociales. El blanco, por ejemplo, es el color de luto para los
chinos mientras que los europeos utilizan el negro. El número de la mala suerte
entre los chinos es el 4, mientras que en la cultura occidental es el 13. Podemos
poner otros ejemplos más divertidos referidos a los besos, por ejemplo: en
Europa la gente se besa en público pero en China sólo en privado. Los españoles
o los franceses cuando saludan se besan dos veces, una a cada lado, los belgas
tres pero los nigerianos no besan para saludar a una persona. En las bodas
europeas los novios se besan, en las coreanas hacen una pequeña reverencia y en
Camboya el novio toca con la nariz la mejilla de la novia.
Pero hay
otras diferencias más profundas y más importantes que las que se refieren a las
convenciones sociales. Hay sociedades muy prolíficas y otras sociedades en que
se considera que no es bueno tener muchos hijos. Hay sociedades que veneran a
los ancianos y otras que les relegan a un segundo término. Hay sociedades
pacíficas y otras que están orientadas a la guerra. Hay diferencia también en
cuanto a las creencias religiosas, el arte o la música. Para resumir, aunque
todos somos miembros de la misma especie hemos desarrollado ideas diferentes de
lo que es agradable o repulsivo, correcto o grosero, bonito o feo, o de lo que
es moral o inmoral. Estas diferencias tan sorprendentes son diferencias
culturales.
¿Cómo
se adquiere y transmite la cultura?
Se hace
mediante el proceso de “endoculturación”,
el cual se define como “una
experiencia de aprendizaje parcialmente consciente y parcialmente inconsciente,
a través de la cual la generación de más edad invita, induce y obliga a la
generación más joven a adoptar los modos de pensar y de comportarse tradicionales”.
(Judith Harris, 2011).
La cultura ¿nos ata unos a
otros y a las generaciones pasadas o nos ayuda a desarrollar la facultad de
pensar y de actuar según nuestros propios juicios y criterios individuales?
A lo
largo de la evolución humana, la cultura ha sido nuestro mejor mecanismo de
supervivencia. Los seres humanos no
pueden vivir sin una cultura. Pero la cultura acarrea también muchos
inconvenientes. Podemos ser los únicos animales que nos ponemos nombre a
nosotros mismos, esta capacidad simbólica, sin embargo, también nos hace ser
los únicos seres capaces de experimentar alienación. La cultura, además, es una
cuestión de hábito: limita nuestras opciones y nos lleva a reproducir o repetir
pautas peligrosas como los prejuicios raciales, por ejemplo, que se aprenden
generación tras generación. También en la era electrónica es sorprendente hasta
qué punto la industria y los medios de comunicación de masas pueden manipular a
las personas convenciéndolas para que vean la última película o para que se
vistan a la última moda.
Además,
la importancia que se da en nuestra sociedad a la competencia y al logro
personal termina aislándonos unos de otros, buscando todos destacar sobre los
demás o conseguir la excelencia. Tenemos aparatos y tecnologías que hacen
nuestra vida más fácil pero nuestra obsesión por comprar y consumir todas estas
cosas nos está alejando de los demás y haciéndonos olvidar la satisfacción que
nos puede producir mejorar nuestras relaciones personales o cultivar nuestras
facultades humanas o espirituales. Poniendo tanto énfasis en la libertad
personal podemos ganar cosas muy valiosas, ciertamente (autonomía, intimidad, etcétera)
pero también podemos perder el sentimiento de que pertenecemos a una comunidad
que puede ayudarnos en momentos difíciles y que nos necesita para ir
resolviendo infinidad de problemas.
Cultura
y libertad
Se
podría decir que los seres humanos son prisioneros de su cultura de la misma
forma que otras especies lo son de factores puramente biológicos. Pero hay una
diferencia crucial, sin embargo: mientras que otras especies actúan siguiendo
el dictado de sus instintos en unos entornos que no pueden alterar, la especie
humana tiene la capacidad de crear una y otra vez su propio entorno, que pasa a
ser un entorno cultural. Así pues, y a pesar de que en ocasiones nos pueda
parecer que la cultura limita nuestras posibilidades de acción, la realidad es
que la cultura encarna exactamente lo contrario: nuestra capacidad de imaginar
y crear distintos tipos de sociedad. Además, lejos de ser estática, la cultura
está en continuo proceso de transformación y esto supone un estímulo constante
a nuestra inventiva y capacidad de imaginación. Cuantas más cosas sepamos
acerca de nuestra cultura, mejor equipados estaremos para usar la libertad que
nos ofrece.
Etnocentrismo
y relativismo cultural
Quizá
el filósofo chino Confucio tenía razón cuando decía que“Todas las personas
son iguales. Sólo son sus costumbres las que son diferentes.” Muy
posiblemente, cualquier hábito social que nos venga a la cabeza varía de alguna
forma a lo largo y ancho del planeta. Esto puede divertir al viajero pero
también le puede molestar o enfurecer. Por poner un par de ejemplos: en el
Reino Unido se conduce por la izquierda y esto generalmente confunde al turista
que viene de Europa continental. Los egipcios se acercan mucho a uno cuando le
hablan, al menos desde el punto de vista de un norteamericano, por ejemplo, que
puede sentirse muy agobiado.
Dado
que cada cultura conforma una determinada visión del mundo no es de extrañar
que exista etnocentrismo, esto es, el hábito de juzgar otra
cultura según los parámetros de la propia.El etnocentrismo es una
disposición natural y universal que resulta de estar muy vinculado
emocionalmente a la cultura donde uno ha crecido.El etnocentrismo puede dar
lugar a equívocos o malentendidos o incluso al conflicto.
¿Hay
alternativa al etnocentrismo? La alternativa lógica es mirar o considerar los
rasgos de otra cultura desde esa misma cultura y no desde la nuestra.
El
relativismo cultural es una corriente de pensamiento que postula la
idea de que cada cultura debe entenderse dentro de sus propios términos y
subraya la imposibilidad de establecer un punto de vista único y universal en
la interpretación de las culturas. En la posición contraria, se sitúa el
universalismo cultural, que afirma la existencia de valores, juicios morales y
comportamientos con valor absoluto y, además, aplicables a toda la humanidad
(Centro Virtual Cervantes).
No es
extraño que al viajar a otros países experimentemos lo que se llama un choque
cultural, esto es, que estemos desorientados o como perdidos al vernos expuestos
a unas costumbres o estilo de vida distintos, a una cultura diferente que
cuestiona nuestros propios parámetros culturales.No hay rasgos culturales que
sean “naturales”, aunque la inmensa mayoría de la gente piense que sí los hay (y
que son los de su cultura, precisamente). Si hay algo natural en la especie
humana es esa capacidad de crear diferentes culturas, ninguna otra especie
animal tiene esta capacidad creativa.
Desde las hormigas hasta las cebras, cualquier otra especie animal tiene un
comportamiento uniforme, ordenado según las leyes de la biología. La diversidad
en el comportamiento humano contrasta directamente con la uniformidad del
comportamiento de los animales. La mayoría de los animales viven obedeciendo a
sus instintos, que son programas biológicos sobre los que el animal no tiene
ningún control.Unas pocas especies, como los chimpancés y otros primates, pueden
aunque de una forma extraordinariamente limitada, crear cultura: pueden usar
algunas herramientas e incluso se les ha observado cómo enseñan a sus crías
algunas habilidades básicas, pero la capacidad de los hombres de crear cultura
es infinitamente superior. La especie humana es la única especie animal que
depende de su cultura y no de los instintos para sobrevivir (Harris, 1987).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



















